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EL FRACASO DEL CORDÓN SANITARIO.
La victoria del postnazismo en Sajonia-Anhalt vuelve a poner sobre la mesa el conocido cordón sanitario, uno de esos conceptos de la política contemporánea que va perdiendo eficacia. Alemania ha demostrado grandes dosis de pragmatismo desde la Segunda Guerra Mundial, con la alternancia entre socialdemócratas y democristianos y con la Gran Coalición como máxima expresión de esa cultura del acuerdo. El avance de la ultraderechista AfD en un antiguo land de la Alemania bajo la órbita soviética demuestra que la política se decide cada vez más en los márgenes cuando aparece la incertidumbre económica. Y el miedo al retroceso social resulta más poderoso cuando se había dado por consolidada la prosperidad.
La guerra de Putin contra Ucrania acabó con la era del gas ruso barato, esencial durante décadas para la competitividad de la industria alemana, y el posterior impacto inflacionario hizo el resto. Por primera vez en mucho tiempo, varias generaciones de alemanes han descubierto agujeros en una sociedad del bienestar que parecía inexpugnable. A partir de ahí, el terreno queda abonado para señalar culpables. Desde la burocracia europea, la inmigración o cualquier enemigo fácilmente identificable. Cuando aparecen nubarrones sobre un futuro que se creía asegurado, prosperan los mensajes simples. Allí y en todas partes.
Los cordones sanitarios pueden contener parlamentariamente a los fabricantes de odio, pero difícilmente eliminan las razones que los hacen crecer. La democracia deberá afrontar en algún momento el riesgo de confrontar las promesas ultras con la realidad de la gestión. Lo estamos comprobando en los Estados Unidos de Trump y lo hemos visto en la Hungría de Orbán. El populismo no desaparece cuando alcanza el poder, pero deja al descubierto hasta dónde está dispuesto a tensionar la convivencia.
Existe otra alternativa. Que se seleccionen dirigentes capaces de parlamentar, reconocer la complejidad y alcanzar acuerdos sobre los problemas más cotidianos: vivienda, empleo, movilidad, cambio climático o seguridad. Nada humaniza más que admitir que el adversario puede tener razón en algo. Quizá llegamos tarde para recuperar aquella cultura del acuerdo, pero todavía estamos a tiempo de entender que discrepar no exige humillar, que gobernar no consiste en fabricar enemigos y que la democracia empieza precisamente allí donde aceptamos convivir con quienes no piensan como nosotros.
















