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EL MUNDO TRAS LA DERROTA DE TRUMP.
Toda política es local, según el viejo aforismo de las campañas estadounidenses, y podría añadirse que toda es global también, y lo son incluso las elecciones que históricamente habían estado más pegadas al territorio y a las preocupaciones diarias de los ciudadanos. En las midterms del pasado martes, lo local y lo global fueron indistinguibles. La catástrofe para Donald Trump y los republicanos, y el éxito de los demócratas tras unos años de travesía del desierto, se explica principalmente por la economía: el encarecimiento de los carburantes y del coste de la vida. No podría existir otro asunto más práctico y cotidiano para el bolsillo de los ciudadanos, pero en este caso era demasiado evidente que su origen se encontraba en la fallida guerra en Irán, lejos de las gasolineras de Texas o los supermercados de Maine. El 3 de noviembre sucedió algo inusual, y es que la geopolítica fue un factor decisivo en las urnas. Y ahora puede ocurrir que algo que es igual de insólito después de unas legislativas de medio mandato, y es que el impacto del resultado se note con fuerza también más allá de las fronteras de Estados Unidos.
Después de la arrolladora victoria demócrata, Trump es un pato cojo, un presidente abocado a gobernar en los dos años finales de su último mandato con un Congreso en contra, sin la posibilidad legal de seguir en el Despacho Oval y con una autoridad gravemente mermada. En situaciones similares, los presidente de EE UU solían dedicarse en cuerpo y alma a la política internacional, porque en ese terreno el poder legislativo tenía menos herramientas para condicionarle y además es donde se presentaban las ocasiones para construir un legado duradero. Al final de su último mandato Ronald Reagan impulsó acuerdos con la Unión Soviética de Mijaíl Gorbachov que prepararon el final de la Guerra Fría. Y fue también en los últimos años cuando Barack Obama firmó el acuerdo nuclear con Irán y restableció las relaciones con Cuba. Pero Trump no es Reagan ni obviamente tampoco Obama. Ha perdido la capacidad de intimidar; al mismo tiempo, puede sentir la tentación de lanzarse a nuevas aventuras bélicas, y es más susceptible que nunca de ser manipulable por potencias como China o Rusia, o por Irán.
Fuera de Estados Unidos, nadie sentirá el golpe de las midterms tanto como el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Los republicanos, hasta hace poco sus aliados más leales, le echan la culpa de la derrota electoral por haber embarcado a su jefe en el conflicto de Irán, que ha dejado al régimen de los ayatolás en pie, le ha entregado la llave de Ormuz y ha disparado los precios de la energía. Hoy Trump se pregunta si no es el momento de acabar con esta guerra, mientras el futuro de la ayuda militar a Israel está en el aire. Tiene otra guerra por resolver; y el peligro es que le entren prisas y busque un acuerdo rápido con Vladímir Putin a espaldas de Ucrania y el resto de Europa. El cambio de mayorías ha servido para constatar la nueva correlación de fuerzas en el mundo. Después de estos años, China y Xi Jinping son más fuertes y el presidente de EE UU, más débil, pero a la vez más peligroso.
Trump sigue siendo Trump, y el nombramiento de un ideólogo extremista como Stephen Miller como jefe de gabinete es la peor de las señales. El error consistiría en pensar que algún día las cosas volverán a su cauce. No sucederá. Donald Trump ha transformado el mundo y no hay marcha atrás, pero hay una señal poderosa que sale de estas midterms. No solo porque ahora el Congreso demócrata podrá investigar desde la corrupción del clan trumpista y sus ramificaciones internacionales hasta los opacos acuerdos en toda Latinoamérica. No ha sido solo una derrota de unas políticas: también de un estilo basado en el insulto y la crueldad que ha encontrado adeptos de Argentina a Alemania y de España a El Salvador. Muchos empiezan a distanciarse. Y esta es la prueba de que el mensaje de estas elecciones va mucho más allá de Washington y de los cálculos en Moscú o Pekín: la decencia importa, nada es irreversible ante el avance de los autoritarios y la democracia todavía funciona y aún puede ser ejemplar.

















