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EL PAIS.
La oscuridad se ha convertido en una prueba de resistencia física y mental para los cubanos. La basura se acumula en las calles, falta el agua, no hay medicinas. Hallar carne fresca, leche o huevos es una búsqueda imposible y moverse en un país sin combustible es pura épica. Con los dos apagones completos de esta semana, ya son siete las caídas totales de la electricidad en la isla en lo que va de año. La situación de descomposición sistémica no se parece a nada que hayan vivido los cubanos desde la llegada del castrismo hace seis décadas. La población —cuya paciencia y resiliencia ha sido puesta a prueba por el inmovilismo oficial— ve cómo quienes deberían garantizarle un mínimo de bienestar siguen enrocados en un discurso trasnochado, sin que tome medidas reales para aliviar la miseria que golpea a la isla. La palabra desesperación hace tiempo que se quedó corta de significado.
En una dictadura, la falta de protestas no se debe confundir con conformismo. Los cubanos tienen fresca en la memoria la represión del régimen tras las movilizaciones de 2021, que terminaron con centenares de detenidos por golpear cazuelas. Miguel Díaz-Canel y su Gobierno se aferran a la política de terror para mantener una estabilidad ficticia. El presidente insiste en culpar de todo al embargo de Estados Unidos, un bloqueo arcaico y cruel que debe cesar, pero que no puede ser usado como escudo para tapar la desidia, la incompetencia y el abandono. Cuba se cae a pedazos ante la pasividad de un régimen incapaz de afrontar reformas.
Ya no hay margen para más consignas. En medio del colapso de los motores de las termoeléctricas, la isla necesita que su Gobierno reconozca su incapacidad, deje de atrincherarse en culpas ajenas y trabaje en reformas reales. Cuba necesita con urgencia un giro pragmático que permita libertad económica y política. Esa solo puede ser una decisión local, y urgente, pues el Washington de Donald Trump ha dejado ya claras sus ambiciones de controlar la isla como ha hecho con Venezuela.
Solo un futuro democrático, cuyos primeros pasos no pueden esperar más, tiene posibilidades de evitar el desvergonzado plan de Estados Unidos para la isla. El Gobierno de Cuba tiene que abrir espacios de libertad antes de que su población se arroje a los brazos de Trump por pura desesperación. Eso pasa por excarcelar a los presos políticos, dejar de hostigar a la disidencia, garantizar las libertades civiles básicas, desmontar el aparato de vigilancia que inmoviliza a los ciudadanos e inevitablemente permitir a los cubanos la posibilidad de decidir su futuro.
El hambre y la miseria son una bomba de relojería. La trinchera del dogma solo garantiza más oscuridad, más éxodo, más insatisfacción. El liderazgo cubano no puede seguir gobernando las ruinas de un país que languidece a oscuras.
















