CIEN AÑOS DE ESCLAVITUD AFGANA

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EL PAIS.

Se cumple este viernes el quinto aniversario del mayor fracaso de la comunidad internacional en el siglo XXI sin que exista ninguna perspectiva de que la situación vaya a mejorar la situación. El 15 de agosto de 2021, los talibanes entraron en la capital afgana, Kabul, cuando aún permanecía teóricamente custodiada por una coalición internacional liderada por EE UU que, justo 20 años antes, había derrotado a los talibanes con la promesa de que jamás volverían al poder.

No fue así, y durante 15 caóticos días coincidieron en la misma ciudad las tropas internacionales en apresurada evacuación —entre ellas, un contingente español enviado para rescatar a ciudadanos españoles y a colaboradores afganos—, miles de afganos desesperados que intentaban conseguir plaza en alguno de los aviones militares que despegaban del aeropuerto, y cientos de milicianos integristas que estaban tomando el control de Kabul y de la vida de sus vecinos. Entre desoladoras escenas de desesperación, el 31 de agosto despegó el último avión occidental, y millones de personas, especialmente las mujeres, quedaron completamente abandonados a su suerte. Así siguen hoy.

Vergonzosamente, los gobiernos occidentales mostraron a sus opiniones públicas su esperanza de que los talibanes cumplieran sus promesas de que no iban a repetir las atrocidades de su anterior mandato (1996-2001), en particular contra las afganas. Nadie que conociera mínimamente la situación podía sostener tal idea. Los gritos de socorro de las organizaciones humanitarias y de organismos internacionales fueron acallados con la jerga diplomática habitual, que justificaba la inacción y tapaba que, ya antes de la salida del último vuelo, los talibanes registraban las viviendas de Kabul para capturar a hombres y mujeres vinculados al periodismo, el anterior Gobierno, el sistema judicial o el sistema de ayuda social. Mientras sus portavoces prometían la amnistía y animaban a entregarse a quienes consideraban colaboradores del enemigo occidental, ya habían comenzado las ejecuciones sumarias. En días desaparecieron la libertad de expresión, de reunión y de movimiento. Los talibanes convirtieron casi inmediatamente Afganistán en una prisión. Y así sigue un lustro después.

Un desgraciado capítulo aparte merece el tratamiento que han recibido las mujeres durante estos cinco años. No resulta exagerado asegurar que a lo largo de la historia ha habido algunos sistemas en los que un esclavo tenía más valor que una afgana del siglo XXI. No tienen derecho a la educación —una generación entera ya está condenada al analfabetismo— ni a la menor autonomía personal. El Código Penal impone condenas mayores por maltratar a un animal que a una mujer. Ni siquiera pueden mirar por la ventana de sus hogares al exterior. Han sido borradas de la vida pública y reducidas a un estado subhumano.

Al igual que no le importa someter inmisericordemente a la mitad de su población, al Gobierno talibán tampoco le preocupa la miseria en la que ha sumido a su pueblo debido en gran parte a la disparatada política de persecución de las ONG que ayudaban a una población empobrecida por décadas de guerra. Los dirigentes islamistas no están pagando un precio muy alto por ello. Además de vivir con un nivel que niegan al resto de la ciudadanía, en los últimos meses se han visto cortejados por los gobiernos occidentales, y por la propia UE, que los ha recibido en Bruselas, deseosos de que acepten recibir a refugiados afganos expulsados de Europa. Cinco años después de que Occidente abandonara Kabul, el futuro de los dirigentes talibanes no es el sombrío presente al que han sojuzgado a su pueblo.