EL PAIS.
El clamor de miles de personas en las calles de España este 8M ha sido, como siempre, por la igualdad, contra la brecha salarial y la violencia machista. Pero este año, también con fuerza, contra la guerra y el fascismo. El feminismo ha respondido al llamamiento global para no dar pasos atrás en derechos adquiridos que, denuncia el movimiento, pueden peligrar con el auge de la extrema derecha en el mundo.
Aunque la división del feminismo continúa desde hace un lustro en algunas de las grandes ciudades españolas ―Madrid, Barcelona, Sevilla― por cuestiones como la ley trans o el modelo legal para abordar la prostitución, las marchas ―la mayoría han comenzado alrededor de las 12.00― han compartido el leit motiv en un 2026 marcado por la guerra en Irán, que se suma a la de Ucrania o al genocidio en Palestina.
“Feministas antifascistas. Somos más. En todas partes”. “Que tiemble el fascismo, aquí está el feminismo”, se repetía en los altavoces y coreaban las presentes en la manifestación de la comisión 8M, transinclusiva y mayoritaria en Madrid. “Esta es una manifestación donde cabemos todas y todes”, añadían.
“Las manifestaciones del 8 de marzo no son un rito ni una conmemoración, son un espacio vivo donde se lucha y se reivindica”, ha declarado la portavoz Laura Aparicio. “Este 8 de marzo llega con un contexto belicista y de auge de la ultraderecha; ese grupo de poderosos que piensan que son los dueños de nuestros cuerpos y autonomía, pero somos más y estamos en todas partes”, ha sentenciado.
En esa misma manifestación marchaban Marisa y María José, de 68 y 69 años, y amigas desde hace medio siglo. Se conocieron en la universidad, cuando cursaban juntas el grado en Psicología. Ambas recordaban las épocas en las que los derechos de las mujeres eran solo un sueño y advertían de riesgos de un retroceso: “Hemos vivido muchos procesos, desde la no democracia en absoluto, y yo siempre me creí que los logros duraban para siempre, pero no es verdad. Ni la democracia ni los logros de las mujeres son para siempre y tenemos que ser conscientes porque es muy fácil perder lo que muchos años nos ha costado ganar”, señalaba Marisa.
A pocos metros, en la marcha del Movimiento Feminista de Madrid, mucho menos numerosa, proclamaban: “Las antibelicistas y abolicionistas de la prostitución decimos no a las bombas”. También gritos contra la ley trans, que las distingue de la otra manifestación: “Mi opresión no es tu identidad”, “Ser mujer no es un sentimiento”. Asimismo, se oían lemas contundentes contra la prostitución y los vientres de alquiler: “Ni se vende ni se alquila mi vientre y mi vagina”.
Ana de Blas, de 58 años, y miembro de la asociación convocante, rechazaba “cualquier forma de violencia contra las mujeres” y se mostraba preocupada por la escalada bélica que atraviesa Oriente Próximo y carga contra las operaciones militares de Estados Unidos e Israel en la región. “El feminismo está por la defensa de los derechos de las mujeres y las niñas. Nosotras decimos no a las bombas de los bárbaros del patriarcado. Desde los despachos de Trump y Netanyahu se ordenan bombardeos que caen sobre hospitales. Eso es una violación del derecho internacional y son crímenes de lesa humanidad”, decía.
Para ella hay “otros muchos contextos que no conviene olvidar” en la lucha feminista, como la “abolición de la prostitución”: “El feminismo no puede olvidarse de todas las mujeres que están sufriendo violencia por causa de que siga siendo legítimo en nuestro país el uso sexual de mujeres por precio”.
Esta misma división, con similares desencuentros y proporciones ―mucho más numerosas las transinclusivas— se ha repetido en otras grandes ciudades, como Barcelona, Sevilla o Bilbao.
