Que Juanma Moreno vaya a gobernar Andalucía los próximos cuatro años con mayoría absoluta o sin ella depende de un puñado de votos. Más que un puñado son unos cuantos miles de papeletas, entre 15.000 y 20.000, pero no es ninguna exageración afirmar que dependiendo del sentido de esos votos, en la comunidad andaluza habrá un gobierno en solitario o, como viene repitiendo a modo de advertencia el propio Moreno desde el inicio de la campaña, habrá «lío», que es lo mismo que decir que quedará en manos de Vox.
El candidato popular lo viene repitiendo, como un mantra, durante toda la campaña en un intento de rebajar el entusiasmo y garantizar la movilización del electorado: la mayoría absoluta no está garantizada, a pesar de lo que vienen reflejando las encuestas. La victoria nadie la duda, pero que se pueda repetir la hazaña de 2022 es otra cosa.
«Estamos en una batalla por el último diputado en Córdoba, Huelva, Cádiz, Málaga o Sevilla. El resto está más estable. Y de que esas provincias caigan del lado del PP depende que apuntalemos la mayoría absoluta», decía el propio Moreno en la entrevista publicada este viernes en EL MUNDO.
La clave está en la Ley D'Hondt, que es la que se aplica en el sistema electoral español para traducir los votos en escaños y que supone que los últimos escaños que se reparten en cada circunscripción, en cada provincia, caen en el saco de uno u otro partido por una diferencia de muy pocos votos. Son éstos los que están en juego en cinco de las ocho provincias andaluzas.
